Lo que cabe dentro de un corazón

Hay objetos que nacen para guardar cosas. Llaves, libros, pequeños objetos que necesitamos durante el día. Cosas útiles, cosas prácticas, cosas que llevamos con nosotros casi sin pensar.
Pero a veces un objeto guarda algo más. No porque lo decidamos conscientemente, sino porque mientras lo hacemos, mientras cortamos la tela, medimos, cosemos y damos forma, algo de lo que estamos viviendo se queda entre las puntadas.
Esta pieza nació así.
Mientras la cosía pensaba en cómo el corazón tiene esa extraña capacidad de expandirse. A veces creemos que ya está lleno: lleno de recuerdos, de experiencias, de afectos… y sin embargo siempre aparece espacio para algo más.
Quizá por eso el estampado está lleno de pequeños corazones rojos, dispersos sobre el fondo blanco como si fueran latidos repartidos en silencio. No están ordenados ni perfectos. Simplemente aparecen, aquí y allá, como ocurre con los afectos en la vida.
Las asas y el interior en rojo parecen abrazar toda la pieza, como si recordaran que el corazón no solo late… también protege.
Y ese pequeño estuche que acompaña a la bolsa guarda algo muy concreto: unas gafas. Me gusta pensar que no están ahí solo para protegerlas, sino para recordarnos algo sencillo: que muchas veces el mundo cambia dependiendo de las lentes con las que lo miramos.
A veces el corazón se cierra porque la mirada se vuelve dura. A veces se abre cuando cambiamos ligeramente el enfoque. Quizá por eso esta pieza terminó teniendo también su pequeña funda de gafas.
Porque, al final, el corazón también late según cómo decidimos mirar la vida. Y a veces basta con cambiar de lentes para que todo vuelva a latir un poco mejor. ❤️
