Hace unos meses me propuse hacer algo que, curiosamente, llevaba años sin permitirme. Volver a coser.

 Y entonces apareció el recuerdo. Yo, pequeñita, sentada junto a mi abuela. Las tardes largas, sin reloj. Ella cortando telas con una calma que hoy parecería revolucionaria, y yo creando vestidos imposibles para mis muñecas. No lo sabía entonces, pero aquello era uno de mis primeros rituales de autorregulación. Cuando el mundo era demasiado ruidoso —aunque no tuviera palabras para decirlo—, mis manos encontraban refugio en la aguja y el hilo.

Al retomar la costura de adulta, algo hizo clic. No fue nostalgia. Fue reconocimiento corporal. Mi sistema nervioso dijo: "ah, era esto".

Mientras coso, noto cómo los pensamientos dejan de atropellarse. No desaparecen —no va de eso—, pero se ordenan. Como si cada puntada tomara una idea suelta y la invitara a sentarse. Sin prisa. Sin juicio. Sin tener que llegar a ninguna conclusión brillante.

Coser se ha convertido en una forma de pensar distinta. Una forma de crear una realidad tranquila, sin juicios ni ruidos. Cuando coso, no busco que quede bonito. Busco que quede verdadero. Hay puntadas torcidas que hablan más de mí que cualquier frase bien construida. Hay telas remendadas que cuentan historias que jamás habría sabido explicar en voz alta.

Hay pensamientos que no se resuelven dialogando con ellos, ni analizándolos hasta el agotamiento. Hay pensamientos que necesitan pasar por las manos. Ser atravesados, tensados, aflojados. Algunos incluso necesitan un nudo. Y otros, simplemente, quedar visibles, aunque estén torcidos.

Hoy entiendo que no estaba "jugando" con mi abuela. Estaba aprendiendo a volver a mi.

Por eso llamo a este espacio Cosiendo pensamientos. Porque hay ideas que no se escriben, no se dicen, no se piensan. Se cosen a fuego lento.

Aquí te dejo algunas de mis creaciones